Fecha instituida por la Comisión Provincial por la Memoria, en conmemoración a "La Noche de los Lápices", ocurrida en 1976.

16 de septiembre, Día de los Derechos de los Estudiantes Secundarios

Córdoba. Alumnos del Belgrano: Memoria de los Pibes de la UES

A las 3 de la madrugada del día 27 de julio de 1976, 10 hombres amenazaron con tirar la puerta de su domicilio si no se les abría. Al pedírseles que se identificaran, mostraron su armamento, diciendo: «esta es nuestra identificación». Se lo llevaron a Claudio Luis. «No se preocupe, señora, que a su hijo no le va a pasar nada. Dentro de tres o cuatro días estará de vuelta».

Torturado durante dos semanas, fue finalmente asesinado el 10 de agosto de ese año en represalia por la muerte de un tal cabo Jorge Bulacio, ocurrida el mismo día a manos de unos guerrilleros que ni siquiera eran de la filiación política a la que adscribía Claudio.

Claudio fue además difamado por la prensa cordobesa, que el 11 de agosto del mismo año publicó el comunicado de Luciano Benjamín Menéndez, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército con sede en Córdoba, según el cual el día del «enfrentamiento», Claudio y otro prisionero fusilado, de apellido Rodríguez, habrían dado muerte a ese pobre cabo Bulacio.

Fue largo y penoso el camino para encontrar a Claudio. Recién el 14 de agosto de 1976 después de largos trámites entregan el cuerpo de Claudio en la morgue del Hospital de Córdoba.

Claudio Luis Román, estudiante, militante de la UESClaudio Luis Román, su familia de origen costarricense, residía desde hacía largo tiempo en la ciudad de Córdoba. Claudio Luis Roman Méndez (Legajo N° 7615), tenía 16 años y cursaba el cuarto año en el Colegio Secundario Manuel Belgrano, de la ciudad de Córdoba. Era representante de su curso, elegido por sus compañeros.

Luego de ser secuestrado, fue llevado al campo de concentración La Perla, para días después ser asesinado en el enfrentamiento fraguado.

Cuando llegan a buscar el cadáver de Claudio, el encargado de la morgue del Córdoba, ante la desesperación de Román y de su cuñado, los dejó ingresar para ver si encontraban a Claudio. El espectáculo era horroroso. Fue un golpe muy duro para el papá y el tío de Claudio. No estaban preparados para semejante espanto.

Los cadáveres amontonados como si fueran bolsas de basura sobre camillas improvisadas. La mayoría, muy jóvenes; se veían los cabellos largos de algunas chicas. Había cuerpos hasta en el suelo, en posiciones forzadas que demostraban que no habían sido tocados luego de que fueran tirados como desperdicios, en montones, acumulados en la sala fría, lúgubre, oscura. El papá de Claudio caminaba despacio, detrás de su cuñado. Cuando chocaron con esas imágenes, Román se descompuso, quedó tirado en el piso, inerme, desolado, con las manos tapándose la cara.

El encargado de la morgue, a pesar de los riesgos que corría, se interesó en ayudarlos para encontrar a Claudio.

–Es probable que esté acá. Pero con todos los milicos que hay dando vueltas, no voy a poder hacer mucho.

–Por favor, llevamos horas buscando a mi sobrino.

–Hay una lista y me parece que por las características que usted describe puede ser el 817.

–¿Usted sabe dónde trabajo?

–Sí, me dijeron que sos de La Voz del Interior.

Forastelli pensó que si se sabía que era personal de un medio de prensa tendría las puertas abiertas. Nunca imaginó que la vida lo enfrentaría de esa manera con la muerte. A medida que avanzaba por la fría sala, iba observando los cuerpos desnudos con agujeros de bala y marcas de tortura. Primero, le mostraron un joven que tendría unos 23 años, era ingeniero, tenía la chapita número 817.

–No, ese no es mi sobrino. Claudio es más rubio, grandote…

El encargado llamó a otros dos empleados para consultarles. En mi vida he visto esto, ni en películas. Ocho, diez cuerpos, apilados en forma de pirámide… ¿Puede ser que estés entre ellos? Eras como mi hijo, Claudio. ¡Cómo puede ser! Esto es un infierno, falta el diablo. No, el diablo está. Está allá, en el Tercer Cuerpo. En la desesperación por encontrar a Claudio, su tío ayudaba a los empleados a correr los cadáveres apilados.

–Creo que es éste.

Exclamó el tío de Claudio. De uno de esos lúgubres montones sacaron el cuerpo de Claudio, aconsejándoles que trataran en lo posible de no verlo. El cuadro que allí se presentó era desgarrador: no había parte del cuerpo que no estuviera lacerada. El muchacho presentaba horribles muestras de torturas que prácticamente lo habían destrozado

–Si es éste, se han equivocado al colocarle la chapita.

–Vos, sácale la chapita al ingeniero y ponele el número que le corresponde. Román es el 817.

–Siendo el encargado, me estoy arriesgando, aquí me pueden hacer boleta a mí también.

Forastelli necesitó llamar a su cuñado; creía que era Claudio, pero con las horribles marcas de tortura que prácticamente lo habían destrozado le costaba reconocerlo.

Tenía un lunar en la pierna y esa fue la señal inequívoca de que era él. Apenas 16 años. Cómo puede ser, Claudio, que hayas terminado así. Cómo habrás sufrido. Tenía el cuerpo con quemaduras de picana eléctrica. Agujeros de balas en el vientre. En la cara, golpes. ¿Qué te han hecho, Claudio querido? Apenas 16 años. Cuando el papá se acercó para reconocerlo, empalideció y sintió que se desmayaría. Su hijo mayor, aquel del primer día de clase con guardapolvo blanco; el de la foto con cara sonriente, con un cuaderno abierto y un lápiz en la mano, mirando a la cámara sonriente; aquel pequeño de flequillo sobre la frente con toda la vida por delante.

–Vas a ver, papá, que conseguiremos que todos puedan trabajar, estudiar, comer y vivir con dignidad. ¡Lo vamos a lograr, viejo!

El sueño de un mundo nuevo, distinto, destrozado, tanto como el cuerpo de ese hijo que había sido la esperanza, la alegría y que ahora se lo tenía que llevar a velarlo.

El hermano de Claudio Alejandro explico: «Mi hoy difunto padre Carlos Luis Román Méndez, mi madre Ilda Forastelli y yo, Alejandro Román, entonces de 14 años, fuimos testigos del secuestro de mi hermano: nos mantuvieron encañonados contra una pared en la pieza de mis padres mientras se llevaban a Claudio. Mi hermana Marcela, que tenía ocho años, se despertó asustada cuando las bestias entraron a revisar el cuarto de los hijos. Unos 20 días después de enterrar a Claudio en el cementerio San Jerónimo de la capital provincial, el resto de la familia Román nos establecimos en Costa Rica, tierra natal de mi padre.»